Dulce. Pausado en sus discursos. Incisivo con el poder y con sus élites. Su risa contagiosa te hace caminar fuera del miedo cuando este se convierte en el escondite donde refugiarte, cuando concluyes de un plumazo que el devenir de las relaciones internacionales en África se presenta complicado. Sus canas parecen amasadas en trincheras, junto a los sin voz. Firoze Manji es un intelectual y activista keniano con una reconocida carrera en la lucha por los derechos civiles de los y las africanas que le llevó a ser el director de Amnistía Internacional para África y fundador de Pambazuka y Fahamu, redes para la justicia social.
Don Alejandro se termina su atol de elote y mira hacia el cielo. Está anocheciendo y empieza a refrescar. Las noches de enero en Patzún, departamento de Chimaltenango, Guatemala, acostumbran a ser bastante frías, así que abandonamos el patio, entramos las sillas al saloncito de su humilde casa y nos despedimos. Don Alejandro es maya kaqchikel y es ajq’ij, guía espiritual, sacerdote maya. Antes de irme toma mi mano y con una sonrisa me dice: “Pon cuidado siempre en tu viaje de regreso y recuerda que lo más importante para la vida es el equilibrio. Mira los astros en el firmamento, su perfecta armonía. El cosmos, la naturaleza, los elementos, todas las energías y los seres vivos deben convivir en equilibrio para proteger y perpetuar la vida”.
En la última década el nivel ascendente de consideración literaria, artística y también documentalista del tebeo y la novela gráfica han pasado a ocupar un espacio altamente preeminente dentro de la panoplia de registros culturales del momento. Este consolidado auge podría parecer casi un oxímoron en esta coyuntura donde el formato literario tradicional del papel se encuentra en lucha con el limbo tecnológico del libro electrónico; donde la forma y negocio de producción, exhibición y consumo del audiovisual está relegando las salas de cine a espacios cada vez más arrinconados por la aplastante impronta de inmediatez y portabilidad que conllevan las nuevas tecnologías y redes de comunicación; o donde el teatro y la danza pelean entre estertores por mantener su cuota de espacio, abolengo y dignidad mientras el modelo de negocio se acota y reduce de manera desgraciadamente inexorable.
Wajdi Mouawad (Líbano 1968) una mañana escuchó gritos y disparos en la parada de autobús que se situaba enfrente de la casa familiar en su maltrecha Beirut natal; subió a la azotea de su edificio y desde allí vio lleno de terror cómo un autobús a rebosar de refugiadas y refugiados palestinos era acribillado a balazos por las milicias cristianas y posteriormente incendiado. Ese autobús permaneció humeante y lleno de muerte durante muchas horas delante de su casa sin que nadie pudiese acercase ni a socorrer ni a parapetar con sábanas el espectáculo de semejante infamia, por miedo a correr la misma suerte que la de los desdichados refugiados. Esta trágica imagen viene persiguiendo a este autor a lo largo de su vida y se ha convertido en uno de los ejes que ha siempre ha sobrevolado su brillante carrera como actor, dramaturgo y director de escena.
La escuela pública agoniza. Está sucumbiendo a los ataques sufridos desde hace décadas por parte de un neoliberalismo salvaje respaldado por la Unión Europea, la OCDE, el Banco Mundial, el FMI y la propia UNESCO, organismos que han usurpado la función de las instituciones políticas, que han secuestrado el poder ciudadano.
Ante el desconcierto y la sorpresa producidos por la elección del nuevo presidente de los Estados Unidos, expertos, politólogos, periodistas, políticos, gente común y corriente… se aventuraron por todos los rincones del mundo a diagnosticar el “suceso”, a valorar lo ocurrido. Pero, ante tanto ruido, ¿alguien comprende qué ha podido pasar para que se produzca esta pérdida de control?