
Periodismo lowcost
a 5.000 kilómetros de Madrid
Salir de cañas en el centro de Nairobi (Kenia) puede tener el mismo efecto para sus bolsillos que si lo hiciera en Madrid. Incluso algo más. Aunque con otro peligro más mortal para su economía doméstica: acabar rodeado de agentes que quieran seducirle para realizar uno de esos maravillosos safaris que recordará para toda la vida. Pure life, que lo llaman los publicistas. O vida de mierda (pero cargada de historias y experiencias maravillosas), que es lo que piensan muchos periodistas que deciden abrirse hueco para cubrir la información internacional y afrontar el elevado coste de vivir en la capital de África del Este. En este caso, quizás sea mejor hablar directamente de autónomos en el extranjero que de freelances, ya que los anglicismos pueden jugar malas pasadas en el nivel de las expectativas.
Le ofrezco los datos sencillos de un menú de batalla para que haga las cuentas. Un alquiler de media en las capitales de Ruanda, Nigeria, Senegal, Costa de Marfil, Etiopía o Sudáfrica ronda los 400€ al mes en un piso (posiblemente compartido) con acceso a electricidad continua. Una burbuja creada, en parte, por la industria de la cooperación internacional y las multinacionales, una de las consecuencias de los salarios desorbitados de los trabajadores expatriados. A eso le debería sumar unos 150€ para rellenar la despensa, unos 50€ en transporte y taxis (sí, durante la noche mejor evitar posibles sustos en el transporte público), los 30€ reglamentarios para trabajar con conexión a Internet en casa (precio que varía mucho en función del país y de la compañía), y unos 50€ para variedades, generalmente empleados en cafeterías cool en las que no se suelen enfadar si cada mañana aparece con su portátil, decide enclaustrarse en un rincón con vistas a la calle y en las que la maldita tarta de zanahoria con zumo de papaya recién exprimido le puede arruinar el presupuesto para la semana.
¿Ha sumado? Espere que le ayudo: 680€. Esto se supone que es el dispendio mensual si lleva una vida social bastante limitada y sin incursiones a otras partes del país, a las que para llegar tendría que añadir los costes de viaje, alojamiento y comida. Recuerde: casi 700€ solo en gastos (y sin contar con el seguro médico).
Esto es una parte del díptico. De la otra, y desde hace años, se encarga la CNT. La publicación de las tarifas que se suelen pagar por fotos, vídeos o textos en los principales medios es para literalmente acudir al Defensor del Pueblo o al Tribunal de Derechos Humanos. ¿Esto último es una exageración? Pues no lo tengo del todo claro si se atiende a la resolución 59 (I) de la Asamblea General de la ONU aprobada en 1946, o al artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos (1948), donde se reconoce que el derecho a la información es básico. Pero, ojo, no puede ser a coste de la salud del periodista.
El caso de Antonio Pampliega ha sido uno de los más mediáticos porque ha simbolizado la derrota de los diarios por la apuesta de profesionales que informan desde lugares alejados. Balas sobre tu cabeza por menos de 40€. Es curioso porque estos desafíos geopolíticos se presentan alejados geográficamente, pero no lo están tanto. Resulta que esos conflictos, esas crisis humanitarias, esas huidas masivas de personas que pasan a englobar las listas de refugiados tiene su origen en políticas que salen de los parlamentos a los que nosotros votamos a este lado de la trinchera (léase la venta de armas a Arabia Saudí por parte del Gobierno de España).
¡Ah, sí! Lo del informe de la CNT. Resulta que, por una pieza para El Mundo, El País, El Periódico de Catalunya, Público o Eldiario.es pagan de media 50€. En vídeo, los ingresos son mayores. “No nos vendemos: nos alquilamos por unas migajas de prestigio. Este es nuestro precario orgullo”, como dice Sergio Fanjul. Afortunadamente la dignificación viene de publicaciones que presentan otros enfoques y alternativas y que no están hipotecadas a la publicidad como Píkara Magazine, Pueblos, Mundo Negro, El Salto o La Marea (entre 80 y 200€ por pieza en papel). Pero, vuelvo un momentito a un dato del párrafo de antes: ¿cuántas piezas tendría usted que vender para poder afrontar los gastos mensuales de 680€? ¿Cuántas exclusivas? Y lo que es más triste, ¿cuántos meses fuera de casa podrá estirar los ahorros?
Un último apunte para no olvidar que hablamos de información sobre África: ¿recuerda la cantidad de reportajes sobre el continente que ha leído en el último mes en la prensa escrita? Eso es. Sobrevivir en la precariedad periodística hace que asumas que disparar sobre seguro tiene premio: penurias, corrupción, terrorismo o la lacra del hambre. Después intentaremos cambiar las narrativas, pero la garrapata mental se agarra con demasiada fuerza al imaginario sobre el continente porque sabe que le dará de comer. Se puede y tiene que sacar el bicho. Pero que sepa, que eso puede provocar una herida o, a fin de cuentas, otra forma con la que mirar e informar.
La crisis de la ayuda
y su efecto en los medios
La quiebra de Lehman Brothers en 2007 provocó un tsunami a muchos niveles y uno de ellos fue la reducción de la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD). En la última década, en España se recortaron más de 2.200 millones de euros, pasando de los 3.912 millones del año 2007 a los 1.623 millones de 2015, según los últimos datos de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID). Esto supuso que infinidad de ONG tuvieran que replantearse la forma en la que buscaban sus fuentes de financiación, ya que la prioritaria, que era la estatal, estaba en horas bajas.
En este sentido, se ha puesto de manifiesto cómo hoy en día la contratación de la figura del profesional de la comunicación (a veces convertido más bien en experto o experta en la captación de fondos) es más que esencial para visibilizar los diferentes proyectos que realiza la empresa. Pero, además, hay una dinámica que desde los años de la crisis ha aumentado. Consiste en costear el viaje a un periodista (o grupo, dependiendo del presupuesto) para que visite un determinado proyecto y, después, escriba sobre él en su respectivo medio. Una inversión que desde la parte contable te asegura que, al menos, se conozca tu trabajo.
Esta crisis económica se vivió también en el ámbito de la comunicación, que presenció su salto al vacío cerrando decenas de cabeceras y reajustando el personal de redacción que se veía obligado a asumir la multitarea como moneda de cambio para preservar el puesto de trabajo a ritmo de otro tsunami: el tecnológico. En primer lugar, la revolución digital a la que asistimos ha cuestionado la imagen del medio de comunicación clásico y la víctima más notable de esta transformación ha sido el modelo de financiación. Han sido muchos los que se han quedado con la sensación de que no tenían más remedio que recurrir al “click” para buscar el dinero de la publicidad, pero esta, no siempre estaba allí.
En segundo lugar, la industria mediática perdió su norte en pos de su propia supervivencia. La realidad a la que se enfrentaba significaba que la supervivencia (evidente, por otro lado) tenía prioridad sobre la misión de proporcionar un servicio a la sociedad. Aunque puede resultar demasiado dramático, sí que existe un consenso generalizado en afirmar que la crisis provocó un fallo a la hora de informar sobre determinadas regiones o, en el mejor de los casos que, si se hizo, no en profundidad.
Y, por último, los medios se enfrentan ahora a una disminución de su credibilidad. Una encuesta de 2017 para el Digital News Project del Instituto Reuters mostró que la confianza en los medios en el Reino Unido se redujo en un siete por ciento en comparación con 2016. El Barómetro de Confianza Edelman indica que los medios se han convertido en la institución menos confiable en su encuesta anual, con siete de cada diez personas en todo el mundo afirmando que están preocupados por las campañas de información falsas (fake news).
Mientras tanto, el colectivo de periodistas se enfrenta a dificultades económicas en el entorno digital y al binomio Google/Facebook, una pareja que en 2017 obtuvo más del 60 por ciento de los ingresos publicitarios globales, según las cifras del Consejo Mundial de Investigación Publicitaria.
Yo no invierto, pero ellos sí:
una tercera vía para la
información internacional
Hay cierta imagen aceptada de los periodistas que trabajan temáticas de desarrollo, o que viven en países generalmente del hemisferio sur, que es la de presionar a la sociedad en direcciones que no tienen por qué ser las prioritarias para esos pueblos. Con este fin, los donantes han apoyado una forma de periodismo basada en el análisis de los hechos en lugar de implementar exámenes de tipo estructural; es decir, falta explicar el por qué se ha llegado a esta situación. Esta es una forma en la que la ayuda ha reforzado una forma particular de ver el mundo
De hecho, una de las complejidades del análisis del sector es la mezcla de intereses privados y públicos. Los principales implementadores de proyectos de desarrollo de medios, como BBC Media Action o DW Akademie, son financiados sustancialmente por sus gobiernos locales y están influenciados por objetivos de política exterior, pero también pueden colaborar y aceptar fondos de ONG. Y la financiación no siempre es transparente.
Al igual que ocurre en el eco de los debates sobre la educación primaria en África (que surge de la preocupación de los Objetivos de Desarrollo del Milenio con indicadores cuantitativos) a menudo más que lo que sucede en el aula, lo que importa es asegurar que cada niña y cada niño se encuentre sentado en un pupitre. En este sentido, algunos esfuerzos de desarrollo de medios parecen medir el éxito en términos del número de periodistas formados o enviados al país donante “para ver cómo se hace” en el norte.
Mientras que las potencias coloniales de Gran Bretaña, Francia y Portugal aún proyectan una larga sombra sobre los medios africanos, Estados Unidos y China se encuentran moldeando a los medios africanos desde el exterior. Si bien muchas intervenciones son pequeñas, como becar a periodistas para la publicación de una sola noticia de investigación, algunas son masivas.
Es decir, en lugar de apoyar a los medios informativos independientes en el hemisferio sur, algunas de las mayores donaciones se destinaron a emisoras internacionales de los países donantes (como Deutsche Welle, Radio Netherlands o la BBC, entre otras) o para apoyar iniciativas en el sector de los medios liderado por los gobiernos receptores. En resumidas cuentas, que esta dinámica que se presenta como un gran valor democrático no necesariamente tiene por qué apoyar a la sociedad civil y es poco probable que apoye un periodismo libre, independiente y plural que haga rendir cuentas al gobierno.
Por otro lado, habría otro elemento cada vez con más peso: el binomio filantropía/comunicación. Existen nombres como la organización Emerson Collective, de la empresaria Laurene Powell; la Prototype Fund de la Fundación Knight; la News Integrity Initiative, financiado por Facebook; la Fundación Bill y Belinda Gates; o la Open Society Foundation, de George Soros, que destinan ingentes cantidades de dinero a proyectos comunicativos enfocados en el desarrollo repartidos por el planeta.
No es que se cuestione la necesidad o no de este tipo de información; de hecho, sino fuera por espacios como Planeta Futuro, de El País, patrocinado por la Fundación Bill y Belinda Gates, estas informaciones no tendrían cabida. Se trata de algo más profundo. Este creciente interés parece motivado por una noción de transferencia tecnológica, poder blando o incluso por intereses económicos que persiguen los propios filántropos. De esta forma, se hace más difícil alterar el flujo de información Norte-Sur con el peligro de perpetuar, entre otras cosas, la imagen distorsionada y asistencialista que se pueda tener del continente africano.
Apuntes finales
La crisis económica ha provocado que medios y ONG, dos sectores que en principio estaban alejados (aunque con evidentes conexiones), se vean obligados a una simbiosis que puede poner en peligro, al igual que hace la publicidad, una información libre de ataduras. Ambos se necesitan porque desde la visión del empresario invertir en un periodista para que resida o viaje a un país de África (léase hemisferio sur) supone un desembolso demasiado elevado; un vacío informativo que puede ser suplido por la necesidad que tienen muchas organizaciones internacionales de visibilizar sus trabajos costeando a un profesional para que vaya al “terreno». Es la cuadratura del círculo.
Por último, el nuevo horizonte que se presenta subraya la necesidad de monitorear las nuevas iniciativas financiadas por actores privados y filantrópicos que surgen desde el norte y que promueven mensajes específicos o temas de cobertura de noticias reforzando determinadas narrativas. Solo cuando la garrapata salte, el relato podrá comenzar a cambiar.
*Sebastián Ruiz-Cabrera. Doctor en comunicación y periodista especializado en RR.II. y en África al sur del Sahara. Coordina “Cines y Audiovisuales” en el portal sobre artes y culturas africanas www.wiriko.org, es analista político en Mundo Negro y colaborador de Pueblos – Revista de Información y Debate.
Artículo publicado en el nº 78 de Pueblos – Revista de Información y Debate, “¡Hasta siempre!”, tercer cuatrimestre de 2018.

